
Durante los primeros días de febrero de 1976, un grupo de ocho jóvenes barilochenses viajaron al Tirol austríaco, para representar a la Argentina en los Juegos Olímpicos de invierno, en Innsbruck.
Por: Pablo Abal (@olimpia_argenta)
Poco sabían de lo que ocurría en el país por esos días: una profunda crisis política; que repercutía en una inflación imparable y una economía que se hundía, además de la cotidiana violencia armada que preanunciaba lo peor. La presidenta María Estela Martínez de Perón, muy debilitada, se aislaba cada vez más, y la democracia agonizaba ante las presiones de la Junta Militar.
“Por esos días, nuestra cabeza solo pensaba en la nieve”, recuerda Walter Dei Vecchi, que por entonces tenía 19 años y viajó a Austria para competir en la prueba de Slalom. “Nosotros vivíamos al margen de lo que ocurría en el país, éramos pibes y estábamos en Bariloche, donde hace 50 años no teníamos acceso a la TV, y sólo escuchábamos la radio. A lo sumo te enterabas de un título, pero no circulaba la información, como hoy, que tenés todo al alcance de la mano” le contó el ex esquiador a @olimpia_argenta
En el verano de 1976 las portadas de los diarios más importantes de la Argentina hablaban de intervenciones a las provincias y de planteos sindicales, de inflación récord, de atentados y de reprimir a la “subversión”. En esos días críticos, se le asignó poco espacio en los medios a la participación de los esquiadores argentinos. La revista El Gráfico recién publicó una nota de Innsbruck a mediados de marzo, un mes después de su finalización. En junio de 1975, en la Argentina se había producido el Rodrigazo, un severo plan de ajuste aplicado por el ministro Celestino Rodrigo, y lo que implicó en una devaluación del peso superior al 100%. Esto, y los intentos de ocupamiento del Regimiento de Infantería de Formosa en octubre, y al batallón de arsenales en Monte Chingolo en diciembre, llevaban al país a una situación política insostenible.

Bajo otro punto de vista, por primera vez, el ciclo olímpico de invierno que se había organizado para Innsbruck 76, se había instrumentado un trabajo a largo plazo, que se había iniciado en 1968, tras los Juegos Olímpicos de Grenoble. Era toda una novedad en el esquí argentino. Fue de la mano del entrenador francés Jacques Pitte, quien hizo una preselección de 60 chicos de entre 10 y 12 años para formar parte del proceso. “Tuvimos la suerte que varios de los que habían participado en Grenoble, como Rubén Macaya, Gustavo Ezquerra y la gran Reny Viaene, viajaban muy seguido a Europa, y a partir de ellos, logramos la llegada de Pitte, quien desde ese momento pensaba en Innsbruck y nos metió eso en la cabeza”, relató Dei Vecchi. El entrenador francés era oriundo de Val-d’Isère, un bonito centro de esquí en pleno corazón de los Alpes. “Pitte tenía contactos y eso nos daba acceso a la ropa y a los materiales que eran todos de Francia, uno de los proveedores más fuertes”.
A mediados de la década del 70, el esquí era mirado con otros ojos en la Argentina. Ya no tan elitista, ni tan exclusivo a los practicantes de alto nivel adquisitivo. En 1974 se había inaugurado el Centro de Actividades de Montaña La Hoya en la provincia de Chubut, la segunda pista más antigua del país, después de la tradicional que funciona en el Cerro Catedral de Bariloche, y de la que salió la mayoría de los representantes olímpicos argentinos en deportes de invierno. Ese mismo año, también nacía la primera escuela de esquí en el Cerro Chapelco (Neuquén). Había una descentralización que evidenciaba un crecimiento en la actividad deportiva de invierno.
La Federación Argentina de Ski y Andinismo (FASA) validó los progresos de los jóvenes esquiadores y en 1973 conformó el equipo nacional. Para tomar dimensión de la seriedad con que se encaraba esa preparación, los deportistas tenían once meses de trabajo (desde marzo hasta febrero), y durante el verano argentino viajaban como podían a Europa para hacer esquí, y en el retorno al país, llegaban los trabajos de entrenamiento físico, y otra vez esquí en el Catedral. “Lo mejor era en noviembre, cuando nos íbamos a Las Grutas. Nos cruzábamos todo Río Negro, desde Bariloche, para entrenar en la playa” añora Dei Vecchi.
Llegaron los viajes a Europa, las competencias en el Mundial Juvenil de St Moritz (Suiza) y los intercambios con Francia en la ciudad de Pitte, y en Estados Unidos con Squaw Valley, pero los fondos a veces estaban y muchas veces no llegaban, especialmente a mediados de 1975, después del Rodrigazo. Describió Walter Dei Vecchi como se financiaban: “Hubo momentos en que la plata llegaba, nosotros ni preguntábamos de dónde, pero para 1976, salimos sin un mango. En Bariloche se hicieron rifas, y fiestas pro-equipo nacional. Ahí, los clubes de la ciudad, Andino y Ski Club organizaron la publicidad y la promoción. Y con esos fondos, y el gran esfuerzo de nuestras familias, llegamos a Innsbruck”.
La delegación que representó a la Argentina en Innsbruck, estaba compuesta por cinco varones en esquí alpino: Carlos Alberto “Cali” Martínez, Juan “Peti” Olivieri, Adrián Roncallo, Luis “Gringo” Rosenkjer y el “Tano” Dei Vecchi, mientras que el equipo de fondo estaba conformado por los hermanos Jerman: Matías, Marcos, y Martín, quienes eran hijos de Francisco, un esloveno naturalizado argentino, que había competido en los Juegos de Squaw Valley 1960, y los tres se dedicaron al fondo, siguiendo la tradición de su padre.
“El trato de los tiroleses en la villa olímpica era formidable, nos daban calidez en medio de tanto frío. Luego de las competencias, nos pusimos a jugar al fútbol bajo la nieve, y cada vez que la pelota pegaba en el cerco que protegía a la villa olímpica, se acercaban los guardias de seguridad, a verificar que todo estuviera bien y nos pedían que por favor no golpeáramos el alambre. Esto ocurría cuatro años después de Munich´72, y el tema de la seguridad en la Villa Olímpica estaba bien candente” recordó Rosenkjer, el hijo de Pablo, que también fue representante olímpico, y posteriormente presidente de FASA y miembro del consejo de la Federación Internacional de Esqui (FIS). El Gringo se refería al atentado terrorista en los Juegos Olímpicos de 1972, en el que 11 atletas del equipo olímpico israelí fueron secuestrados y asesinados, por el grupo fundamentalista Septiembre Negro.
Para ese equipo de jóvenes esquiadores rionegrinos, Innsbruck 76 fue el punto de quiebre, y ahí algunos finalizaron su carrera deportiva. “Muchos de nosotros habíamos alcanzado nuestro techo”, confiesa Dei Vecchi. Pero el equipo de cross country con la representación de los hermanos Jerman, volvería a competir en Lake Placid 1980 (la única participación olímpica argentina de ese año, ya que no hubo actividad en Moscú, por el boicot al que se adhirió la Argentina, ya en tiempos de la dictadura militar). Sin embargo, dos de los integrantes de ese equipo, Cali Martínez y Peti Olivieri tomaron otro camino, el del profesionalismo, que les permitió codearse en los circuitos de Estados Unidos y Japón con los top de la década del 80, y fueron reconocidos internacionalmente.
La llama olímpica de los Juegos de invierno en Innsbruck se apagó el 15 de febrero de 1976. Lamentablemente, por esos días, el fuego no se apagaría en la Argentina, sino que parecía reavivarse cada vez más, y todo estaba por explotar.
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