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Dictadura y Juegos Olímpicos: los años oscuros de Argentina

Durante la última dictadura militar, Argentina tuvo una pobre actuación en Montreal 1976 y se sumó al boicot norteamericano de Moscú 1980.

A tan solo tres meses de derrocamiento de Isabel Martínez de Perón, dieron comienzo a los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, donde la delegación Argentina, a pesar del esfuerzo y pasión que se han hecho costumbre a lo largo de las décadas, llegó a Canadá con la misma sensación que se vivía en el país: incertidumbre que primaba a cada segundo, atletas que viajaron sin elementos para competir, soluciones improvisadas de último momento y, sobre todo, el miedo que produce un golpe de Estado.

Ese conjunto de factores derivó en el lógico resultado: cero medallas por primera vez en la historia olímpica argentina. Ni siquiera la bandera figuraba en el medallero. Hubo cinco diplomas, eso sí, pero la falta de una política deportiva se vio plasmada en numerosos casos.

Ricardo Ibarra, considerado el sucesor de Alberto Demiddi (bronce en Múnich 1972) y a quien tuvo como entrenador personal, debió competir en Montreal justamente sin su DT. Tito Steiner, decatleta, viajó sin cuatro elementos clave, mientas que la dirigencia le compró sobre la hora una jabalina y una garrocha para que, al menos, se pudiera presentar en la prueba.

Al mismo tiempo que el país vivía el peor momento de su historia, la Guerra Fría enfrentaba al capitalismo norteamericano contra el comunismo soviético, conflicto no declarado pero que también impactó en el deporte mundial.

Como hecho curioso, solamente dos ciudades presentaron sus candidaturas para ser sedes de los Olímpicos de 1980: Moscú y Los Ángeles. Y con la victoria de la capital rusa, la respuesta de Estados Unidos llegó de inmediato.

Seis meses antes de que comenzaran los Juegos, Estados Unidos, con el argumento de la presencia militar soviética en Afganistán, decidió no participar e inclusive revocar el pasaporte a cualquier atleta estadounidense que intentara ir. Al unísono, llamó directamente a no participar de la competencia, decisión que acataron entre 45 y 50 países, Argentina incluida.

En medio de los entrenamientos y la preparación habitual para un Juego Olímpico, decenas de atletas y equipos recibieron la noticia, de un día para el otro, de la no participación de Argentina en Moscú.

Deportistas que se encontraban en su mejor momento, como los ya mencionados Ibarra y Steiner, sumados a la selección de fútbol y básquet, entre otros tantos, vieron como el sueño olímpico se esfumaba bajo el argumento de “los intereses nacionales deben prevalecer sobre los deportivos” por parte del gobierno de facto.

Hacia 1984, con la dictadura ya finalizada, los Juegos Olímpicos viajaron al otro extremo del mundo para ser recibidos por Los Ángeles, edición que obviamente ahora intentaría ser boicoteada por la Unión Soviética a modo de venganza.

Sin mucha coparticipación (solo se abstuvieron de competir 14 naciones), la delegación local arrasó en el medallero, con más de 100 medallas de diferencia respecto a Rumania, que quedó en el segundo puesto.

Como un Déjà vu, Argentina nuevamente volvió a casa sin medallas, dejando al desnudo la nula importancia de una política deportiva por parte de los militares.

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