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A un año de la muerte de Braian Toledo

Braian Toledo es sinónimo de lucha, de pelea, de anteponerse ante la adversidad. Uno de los mejores, sino el mejor, lanzador de jabalina de la historia argentina. Un camino que comenzó desde muy chico, pero que terminó abruptamente a principios del 2020. Sin embargo, dejó un legado, una enseñanza.
Por: Agustín Vergari

Braian Toledo venía de recuperarse de una lesión. 75 días en muletas, en un mundo lejos del coronavirus y la realidad actual, tuvo que esperar para volver a entrenar. Se fue al Centro de Alto Rendimiento de Santa Fe para ponerse a punto y comenzar, casi a contrarreloj, la clasificación a Tokio 2020.

Luego, decidió venir a Buenos Aires, pasar a saludar su familia, entregarles algunos útiles escolares, porque comenzaba el ciclo educativo, y volver a entrenar. Sin embargo, aquella noche del 26 de febrero tenía un destino completamente distinto para el joven de 26 años: un accidente en moto terminó abruptamente con su vida…

La conmoción fue enorme. Cientos y cientos de vecinos del municipio de Marcos Paz se acercaron a la familia Toledo para acompañarlos. Braian, el reflejo de la lucha desigual, en un deporte que no te permite el salvataje económico, como si te lo da el fútbol u otras actividades, era el ejemplo para miles de chicos y grandes. No solo de Marcos Paz, sino de todo el conurbano bonaerense y en todo el país, lleno de posibilidades muy desiguales.

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Para aquel fanático del olimpismo la participación de Braian era motivo de orgullo: en un deporte casi sin historia en nuestro país, él se codeaba con los mejores del mundo, contra las potencias europeas y norteamericanas. Era un sinónimo de lucha y que sí, se puede.

Y no, la historia de Braian Toledo no fue para nada fácil. Demasiados fueron los obstáculos que tuvo que sortear en su infancia, adolescencia y vida adulta. Eso no significa que no haya sido feliz: «La verdad que yo tuve una infancia muy feliz. De niño me la pasaba jugando a la pelota, trepaba a los árboles, andaba en bicicleta, pero cuando fui un poco más consciente de cómo vivía, la verdad que tuve una infancia muy difícil en la parte material, económica. Cómo vivíamos de ropa, de comida… Faltaba todo en casa», confesó en el 2019 a Infobae. Es más, también contó que cuando tenía 10 años encontró a su madre llorando porque no sabía qué hacerle de comer a él y a su hermana

Ahí se dio cuenta de la situación de su familia, que la plata, al igual que muchísimos de sus vecinos, no alcanzaba y se puso a trabajar para traer unos pesos a la casa. Y en ese momento se le cruzó la jabalina. Un profesor de la escuela le vio condiciones y a él le encantó. En un país donde se respira fútbol, en muchísima menor medida básquet, automovilismo y tenis, que un chico se pusiera a lanzar jabalina era algo raro, distinto a los demás, pero tenía un solo objetivo: ser el mejor de todos.

Ese niño de 10 años que soñaba con ser el mejor, lo logró. Se sobrepuso a las frustraciones, a las lesiones, a todo. Tenía el norte bien claro y estaba convencido de que él quería ser eso. En el 2009, de la mano de Gustavo Osorio –su entrenador– se fue a Italia a disputar del Mundial de Menores de la IAAF. Contra todas las potencias económicas, aquel chico humilde de Marcos Paz le plantó cara y se quedó con la medalla de bronce en el lanzamiento de jabalina de 700 gramos, con una distancia de 73.44 metros (marca personal en ese momento), a tan solo 66 centímetros del oro.

Un año después sorprendió a propios y a extraños, salvo a él mismo, en Mar del Plata: logró una marca de 89,34 metros, lo que fue su récord en la jabalina de 700 gramos. Por eso, se posicionó como uno de los candidatos al oro en el debut de los Juegos Olímpicos de la Juventud. Vapuleó a sus rivales: consiguió la medalla dorada al alcanzar una distancia de 81,78, casi 5 metros de ventaja sobre el estadounidense Devin Bogert que se quedó con la plata. Un gran hito para el atletismo argentino y, sobre todo, el lanzamiento de jabalina nacional porque cortó una sequía de 62 años sin preseas doradas en el olimpismo.

Para el 2011 había un nuevo objetivo por delante: los Juegos Panamericanos de Guadalajara. Era su debut, pero las expectativas estaban intactas. Con mucho esfuerzo logró meterse en el podio y asegurarse la medalla de bronce al lanzar la jabalina 79,53 metros. No solo eso, también se metió en los Juegos Olímpicos de Londres en el 2012 (donde terminó en el puesto 28), se quedó con el primer lugar en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo y fue segundo en el Campeonato Mundial Junior de Barcelona.

Los años siguientes de Toledo fueron claros: ponerse a punto y meterse en la final del lanzamiento de jabalina en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Y también lo logró. Ese chico que dijo que quería ser el mejor de todos, cumplió su objetivo. En una jornada memorable para el atletismo nacional, Braian se quedó a apenas 19 centímetros (consiguió una marca de 79,81 metros) de la pelea por medallas y se aseguró el décimo puesto. Fue el primer argentino en llegar a una final olímpica en esta disciplina después de que lo hiciera Ricardo Heber en Helsinki 1952

En noviembre del 2016 Braian tuvo que afrontar una de las decisiones más duras de su vida: dejar de ser entrenado por Gustavo Osorio, quien lo acompañó en toda su carrera deportiva, para que lo hiciera el finlandés Kari Ihalinen, el mejor preparador del mundo. En el 2017 se mudó a Kuotane, Finlandia, con la mira puesta en Tokio 2020 y, por qué no, soñar con la pelea de una medalla.

Para el 2019 todavía no había logrado la marca mínima que pide el COI para la clasificación a los Juegos. Es más, a fines de ese año se sometió a una operación del tobillo derecho. Debió recuperarse a contrarreloj para ponerse a punto y buscar el boleto a Tokio. Entrenó unas semanas en Santa Fe y el 26 de febrero del 2020 estaba en Buenos Aires. Había ido a llevarle útiles escolares a sus familiares porque el inicio del ciclo educativo era inminente.

Braian Toledo falleció esa noche a las 23.02. Un accidente fatal con su moto no le permitió seguir la lucha por ser el mejor lanzador de todos, por más que para muchos de nosotros ya lo era. Se colgó 20 medallas doradas en su pecho, más 2 de plata y 3 de bronce. Suficiente para demostrar que él era el mejor. Demostrarle a toda una sociedad futbolera que el fútbol, justamente, no es la única salida. Que se puede, con mucho esfuerzo, pero se puede. Ese chico de 10 años, que no tenía para comer, trabajaba en algunas casas para llevar algo y aportarle a la familia, pudo, lo logró. Se codeó ante los mejores y les ganó. Esa noche, Braian se fue físicamente, pero su legado nunca terminará.

Fotos: Twitter Braian Toledo

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