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Con la mente en el juego

El factor que ha marcado un antes y un después en el deporte luego de la primera semana de competencia olímpica es el mental. La cabeza ha producido los peores desenlaces en los deportistas más representativos de la competencia, y el básquet parece no haberse quedado atrás.

Por Sol D’Amato

«Me preocupan algunos malos hábitos, como protestar demasiado, de simular mucho, o por esas protestas no bajar a defender. No tenemos tanto talento para darnos ese lujo. Lo hemos hecho muy bien siempre y ahora lo perdimos un poco». Así de contundente fue Luis Scola al finalizar el partido de Argentina y España ayer.

Luego del oro olímpico en Atenas 2004, Argentina tocó el cielo con las manos. Los jugadores que formaron parte del plantel, entre los que se encuentra justamente Luifa, quedaron en el imaginario social como héroes, como seres inalcanzables. Es que hubo que esperar 44 años para retomar las participaciones olímpicas, y es que toda su victoria fue memorable. Sí.

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El 2019 pintaba para repetir la hazaña del período 2001-2004 en el básquet. Una banda de jóvenes jugadores, populares, accesibles y simpáticos llegaba a la Selección Mayor y empezaba a ganar torneos regionales. La comparación era inevitable. Es inevitable. «¿Esta Selección será la nueva Generación Dorada?». «Este chico es el nuevo Ginóbili». «Tiene la potencia de Nocioni»… Y de pasar a ser «los sucesores de», comenzaron a tener nombres propios.

«Lo hemos hecho muy bien siempre y ahora lo perdimos un poco». Esta referencia tiene un mensaje que no hay que dejar de lado. Lo han hecho muy bien, pero ahora no. ¿Por qué no? Los fallos arbitrales tuvieron sus momentos incómodos, favorecedores para un lado o para el otro. El juego del rival llevó nuevamente a la Argentina a cometer errores que fueron fatales. Y les hizo perder la cabeza.

La cabeza, ese pedazo de cuerpo que todavía no se entiende muy bien. Que no duele, que no se hincha, que no tiene moretones visibles. Pero que puede cambiar un resultado sin tirar al aro, sin cortar con falta, sin entrar a la cancha. La cabeza jugó y está jugando un papel fundamental en los Juegos de Tokio. Simone Biles dejó la competencia cuando estaba a punto de ser multimedallista. «No renuncié, mi mente y mi cuerpo simplemente no están sincronizados. No creo que te des cuenta de lo peligroso que es esto en una superficie dura o de competición ni tengo que explicar por qué pongo la salud en primer lugar. La salud física es salud mental», dijo cuando anunció su retiro.

¿Y qué tiene que ver la salud mental en un análisis de básquet? Todo. Como en cualquier deporte. La salud mental en ciertas oportunidades no es tomada en cuenta. Los planteles suelen llevar preparadores físicos, kinesiólogos, asistentes, pero no siempre llevan un psicólogo en su plantel. En este tipo de competencias tan duras y determinantes, generan que un mal día pueda dejarte afuera. Un comentario, una situación, un fallo arbitral… La cabeza es la encargada de poner el filtro necesario para correr todo el contexto de lado y focalizarse en anotar más puntos que el rival.

Argentina ayer mostró que la cabeza no fue de la mano del resto del cuerpo. Un primer tiempo que los dejó en ventaja, un buen juego colectivo y buenos lucimientos individuales dieron un panorama ideal. Pero el rival ajustó la marca, los árbitros fallaron raro en ocasiones, las cosas empezaron a no salir y el partido se fue perdiendo. Tal vez para la Selección protestar fue la manera que encontraron para poder expresar lo que les está pasando.

La presión por ser mejores (o iguales) a los del 2004, la comparación, la búsqueda de una identidad, la exigencia deportiva, la pandemia, el calendario ajustado… la lista es interminable. No son moretones, no son marcas visibles, son presiones que condicionan tu juego gota a gota. Argentina no se encuentra en la cancha. Su Capitán anuncia en las entrevistas que el equipo no tiene el talento para darse el lujo de quejarse y no defender. Su entrenador asume que los rivales a los que se enfrentaron hasta el momento toman el control del juego y deciden por ellos.

Este proceso tuvo comienzo en Río 2016. Intentar correr del imaginario social las figuras doradas no es nada fácil, menos en un país que festeja los éxitos con el mismo énfasis que condena los fracasos. Con la misma libertad con la que van a la panadería o al supermercado. «La presión es un privilegio. Si aspiras a estar en la cima de tu deporte, lo mejor es aprender a manejar la presión y a afrontarla», contrarrestó Novak Djokovic luego del retiro de Biles. Esta tarea que para el serbio parece fácil, no siempre es posible. Y es importante comprender y respetar los procesos individuales para poder llegar a controlarla.

Entender que los jugadores argentinos han atravesado competencias apretadas, calendarios con una cantidad de partidos irreales de no haber existido una pandemia. Muchos de estos jugadores llevan más de un año sin ver a su familia, viviendo en el exterior.

Desde el 2019 hasta hoy, quienes integran y son referentes de la Selección de básquet han tenido la fortuna de progresar a nivel deportivo, han sido traspasados a los mejores equipos de las mejores ligas del mundo. Los NBA han tenido competencias back to back semanales. Los europeos jugaron dos ligas en simultáneo. Hubo cambios rotundos en sus vidas, crecimientos personales abruptos, pero también muchos momentos de incertidumbre, como, por ejemplo, el que estuvo atravesando Nico Laprovíttola durante la previa, hasta antes de ayer que finalmente el Barcelona oficializó su traspaso. Esto a la larga o a la corta, tiene consecuencias.

El balance de estos Juegos es sin duda el centrar una buena parte del entrenamiento, de la preparación y del desarrollo del torneo en la salud mental, en el apoyo, en la escucha, en la contención, en el respeto y en la empatía, palabra de moda, pero que pocos han sabido usarla correctamente.

Fotos: FIBA

Sol D'Amato

Periodista Deportiva, Profesora de Educación Física y Fotógrafa. Hablo de básquet, género y noticias generales

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